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20160502

"Carlos Piano, un bajo en la noche", por Rafaél Eléazar Ulloa, crítico de arte, 2 de mayo 2016. Córdoba.AR


Carlos Piano, un bajo en la noche





Córdoba, abril de 2016


El destino, de quienes han aceptado su destino, es inevitablemente el éxito, y esto es así porque si hay algo deseable en esta vida, es ser quién uno ha soñado ser. Luego las circunstancias pueden variar; algunos atan el éxito del artista al reconocimiento público, o bien asocian el concepto de “artista exitoso” al dinero, a los shows de concurrencias multitudinarias, a un estilo de vida híper-lujoso, o a comportamientos extravagantes o excéntricos, o bien simplemente se fían de la fantasía que ellos mismos edifican, pero repito, estas circunstancias son todas variables y relativas, y en tanto el supuesto éxito dependa de éstas cualidades, no será una circunstancia real, ni el resultado de una trabajo sistemático. Dicho de otro modo, estas circunstancias pueden estar o no, pero lo que nunca podrán hacer es darle sustancia al creador, al compositor, al intérprete, o en definitiva al artista.

Por otro lado está más que comprobado que una vida nómade, ruda y despojada estimula debidamente el deseo de reflexionar acerca de aquello que la comodidad y la habitualidad se encargan de camuflar. Los pintores impresionistas, por ejemplo, sabían de esto y para el artista, independientemente de la disciplina que ejerza, vulnerar las fronteras de lo cotidiano es indispensable, o de lo contrario su razón de ser será arrojada brutalmente al cesto de la basura de los lugares comunes y eso es inaceptable para quiénes entendemos que el arte es aquel laberinto cuya salida, de ser encontrada, solo provocará el irresistible deseo de otra vez desandar el camino de lo nuevo. En síntesis, un hombre o una mujer en el escenario, son la mismísima existencia, pensándose a sí misma.

Éstas dos reflexiones anteriores a titulo introductorio vienen a colación de que hubo, hay, y habrá miles de artistas circulando soterradamente, viviendo en el underground y su obra se habrá extraviado irremediablemente de no mediar la mágica aparición de una billetera gorda con contactos influyentes, pero ni por asomo, esto quiere decir que la contribución de éstas páginas, destinadas al anonimato, no sean de un valor incalculable y que el destino nos haya privado injustamente a todos de conocerlas y disfrutarlas.

El sábado 2 de abril próximo pasado estuvimos en uno de los tantos conciertos urbanos de Carlos Piano, quién nunca dejó de tocar en los últimos 40 años, y este detalle ya es para tener en cuenta.

Lleva para sus amigos (y esto es una infidencia) el curioso y tierno apelativo de “Tiro Loco”, como el viejo dibujito animado de Hanna-Barbera. Es el mismo guitarrista y cantante que en los glamorosos `80 formara parte de un dúo inolvidable (para los memoriosos cordobeses de café concert) con la cantante, hoy radicada en Madrid, Claudia Maté.

Desde la butaca uno comprueba que se trata de un solista en todo el sentido de la palabra. Es difícil imaginarse a Piano con otro músico, aunque solo se tratase de una percusión de referencia. La cohesión entre los dedos, las cuerdas y la voz son una verdadera fortaleza atravesada por todo tipo de colores: los abrasadores calores cariocas, el murmullo de los tantos arroyos del delta del Tigre, el otoño de El Pueblito, los atardeceres porteños, los recuerdos de La Falda, el “Mal del Sauce” (un mal que se lleva en la sangre como un estigma familiar o que se adquiere simplemente por estar sentado debajo de un sauce contemplando el río)

Otro detalle a tener en cuenta es su voz de bajo, y es que no es frecuente cruzarse con un cantautor con este registro. Se podría decir que son los menos porque son voces más bien que profesan en las filas de los coros o bien son cantantes de orquestas (Edmundo Rivero, Goyeneche, Jorge Sobral, etc) o están por excelencia asignados al rol severo y grave de la ópera como el Sócrates de “L'incoronazione di Poppea” de Claudio Monteverdi, tan solo por mencionar un caso. En la vertiente de los denominados cantautores se me vienen tan sólo un par a la mente: el uruguayo Alfredo Zitarrosa (Montevideo, 10 de marzo de 1936 - 17 de enero de 1989) y José Larralde (José Teodoro Larralde Saad, conocido también como "El Pampa", Huanguelén, 22 de octubre de 1937) sin que se agote aquí la nómina por supuesto, lo que se agota es mi conocimiento al respecto. Otro caso que se me viene a la memoria es el de Javier Martínez, pero automáticamente quedamos fuera de la categoría ya que se trata de un compositor exquisito pero que se expresaba a través de un trío eléctrico, Manal. Este timbre se suma a lo dicho anteriormente como un elemento más de los que se conjugan en el estilo compositivo de Carlos Piano.

También está muy presente en su obra la maravillosa escuela del Tropicalismo creada por Caetano Veloso, Milton Nascimento, Chico Buarque, Gilberto Gil, Gal Costa, Tom Zé, Os Mutantes, Nara Leão y Rogerio Duprat. Este rasgo es producto de su temprana estadía en Brasil allá por los ´70 cuando la cosa con los militares no daba para quedarse “a ver qué pasaba”. Desde el aspecto melódico hasta sus interesantes canciones fusionadas con aires de milonga (como por ejemplo “El arroyo Espera”) la mencionada escuela está presente. Como una confirmación de lo expresado, esa noche el cantautor mixturó convenientemente sus canciones con algunos clásicos de la MPB (música popular brasileña), todos impecablemente interpretados y fue en este momento del show en el que notamos alguna debilidad por Chico Buarque, sin ignorar que el bouquet de su perfil como cantante guarda notas de color, digo yo al mejor estilo sommelier, que evocan a Caetano Veloso.

En resumen: actuación marcada por un profundo conocimiento del oficio de trovador urbano, y un delicado y exquisito repertorio. Recomiendo el show de Carlos Piano, en especial a todos aquellos que deseen escuchar a un cantautor despojado de la pesada carga de las viejas y queridas Trova Cubana o Trova Rosarina, sellos que todavía hoy siguen impregnando las voces de los artistas dedicados a este género. No digo que esté mal, porque no es mi idea, ni mi labor, ni mi deseo emitir juicios, pero si digo que toda la personalidad que un intérprete o cantautor puede ofrendarnos desde el escenario, se ve absorbida ipso facto por los indicios vocales de Silvio Rodríguez o Juan Carlos Baglietto, y esta es una decisión estética que algunos cantantes, a 46 años de la fundación del movimiento de la nueva trova cubana, deberían de rever.

No se priven de ir a escuchar a este bajo en la noche, cruzado y gonfaloniero de la canción artesanal y metropolitana.

No se priven de escuchar a Carlos Piano, un trovador en serio.


Rafaél Eléazar Ulloa, crítico de arte