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20050708

Milena Plebs presenta el documental Milena baila el tango... con Ezequiel Farfaro, con dirección de Rodrigo Peiretti

Prensa realizada en conjunto con el periodista Amadeo Lukas

Milena Plebs presenta el documental Milena baila el tango... con Ezequiel Farfaro, un registro de procesos de ensayos y actuaciones de la pareja con la dirección de Rodrigo Peiretti.

El 14 de julio, en el Teatro Tita Merello.





Milena Plebs & Ezequiel Farfaro by Alejandra Quiroz

 Sobre el documental "Milena baila el tango... con Ezequiel Farfaro".

Este proyecto nace de una necesidad personal de documentar en formato de video un arte efímero como es la danza del Tango , y particularmente trabajar en favor de su difusión y trascendencia a lo largo del tiempo. Cómo sostener y alimentar una parte fundamental de la cultura del pueblo argentino, el Tango, un arte popular nacido en el Río de la Plata, con aportes culturales traídos por las grandes corrientes inmigratorias llegadas a América. La idea de este trabajo es revalorizar y analizar el origen de este baile en cuando a su estructura: la improvisación. También acerca pautas útiles a desarrollar e invita a través de la observación a experimentar el fascinante mundo que se despliega desde el encuentro de dos cuerpos abrazados moviéndose al compás del Tango.

La investigación apunta también a analizar y definir los roles masculino y femenino en este baile, tratando de buscar las motivaciones de los hombres y mujeres que hoy se acercan a los salones y academias de Tango en todo el mundo a experimentarlo; y hacen que hoy esta danza sea una de las formas de encuentro más contundente entre la mujer y el hombre.

El trabajo fue realizado en forma artesanal. La idea surgió de ver los videos de los ensayos con Ezequiel. Rodrigo , quien terminó siendo el director, nos filmó desde el primer día de ensayo durante seis meses. Esto apuntaba a ir encaminando la evolución de la pareja de baile. Y terminó siendo el material que usamos, porque tenía la frescura propia del encuentro real. Además de los ensayos e improvisaciones, trabajamos con registros de nuestras actuaciones entre el 2000 y 2004.

"Milena baila el tango... con Ezequiel Farfaro" dirigido por Rodrigo Peiretti fue estrenado en Buenos Aires el 14 de julio de 2005, y estamos en las fases finales del armado del DVD. Además del documental hemos agregado escenas sin editar, más exhibiciones, fotos, un bonus track, trailer e info de los artistas.
Ojalá lo disfruten... !!!!

http://milenaplebs.blogspot.com.ar/2006/12/abrazo-de-tango.html



http://www.lanacion.com.ar/721061-confesiones-de-una-bailarina

http://www.eltangauta.com/nota.asp?id=1375&idedicion=0#nota-e


http://edant.clarin.com/diario/2005/07/11/espectaculos/c-00601.htm


Clarín, 14 de julio de 2005


20050605

Rodolfo Mederos presenta su Trío en el Centro Cultural Borges

Música, 2005
Tango

Prensa realizada en conjunto con el periodista Amadeo Lukas

Rodolfo Mederos presenta, el jueves 23 de junio, en el Centro Cultural Borges su nueva formación de trío junto al guitarrista Armando de la Vega y el contrabajista Sergio Rivas en busca de "recuperar una forma musical como un hecho reivindicatorio que signifique recobrar lo propio"









http://www.pagina12.com.ar/diario/espectaculos/6-52569-2005-06-19.html

 http://pdf.diariohoy.net/2005/06/23/pdf/19-c.pdf


 http://www.lanueva.com/opinion-impresa/621446/-mederos-en-pos-de-cultivar-un-tango-genuino-y-confiable-.html

http://www1.rionegro.com.ar/arch200506/27/c27j04.php




20050603

El acompañamiento

Teatro, 2005

 Hilario Quinteros y Julio Pallero
en
El acompañamiento
de Carlos Gorostiza

Todos los viernes de junio, a las 21 hs.
en el Taller del Angel
Mario Bravo 1239-caba
4963-1571
Entrada: $ 10.


Tuco es un cantante de tangos frustrado que trabaja como operario en una fábrica, y que mantiene vivo desde siempre su deseo de volver a cantar y ser "como Gardel". Un día, un conocido suyo, al saber esto, le "promete" que le enviará un acompañamiento de guitarras para que concrete su sueño.
Como su familia se le opone, se encierra a ensayar en un cuarto de su casa, a la espera de ese acompañamiento, no abriéndole a nadie. Ante esto, su familia le pide a Sebastián, su mejor amigo, que lo vaya a persuadir para que abandone su utópico sueño.









Presentaciones en Teatro El Vitral y  Teatro Bauen



La Nación  - Vía Libre
El hombre que no reía
por Verónica Pagés 



Hilario interpreta a un querible y tozudo aspirante a Gardel. 
Foto: Emiliano Lasalvia

"Cuando estaba por nacer, mis viejos vivían con Osvaldo Lamborghini y él les sugirió Hilario, por el poeta Ascasubi. Otros dicen que me llamo así porque provoco hilaridad, festividad, alegría."
Hilario Quinteros no se inmuta, no hay en su rostro una mueca risueña cuando larga la segunda parte de su explicación.
A primera vista es de esas personas que le escapan a cualquier etiqueta o definición caprichosa. Con un perfil bajísimo, Hilario también trata de eludir cualquier referencia materna o paterna. Está cansado de que le pregunten si es hijo de Lorenzo Quinteros, que abran grandes los ojos cuando se enteran de que Tina Serrano es su mamá o desilusionarlos al decir que no es hermano de Claudio Quinteros.
En el plano íntimo lleva muy bien las relaciones materna y paterna, relaciones que en momentos de estreno (como éste) se vuelven más importantes: el último viernes, Hilario subió a escena en el teatro El Vitral con "El acompañamiento", una obra de Gorostiza que se estrenó para Teatro Abierto, en 1981. De ahí a esta parte, muchas duplas actorales se pusieron el sayo. "Es cierto que se ha hecho, pero el tema es cómo se hace." Ese "cómo se hace" se modificó poco antes del estreno por un repentino cambio de sala que lo obligó a agrandar -literalmente- a su personaje (Tuco, un sesentón que deja todo por el sueño delirado de cantar como Gardel). Hilario tuvo que modificar la impronta del personaje y se aventuró con una más lanzada. Tuco tiene algo de showman, de dandy, características que se alejan irremediablemente de la vida de Hilario, pero que el actor dibuja con soltura sobre el escenario.
No es la primera vez que Hilario se autodirige (aquí lo hace junto con su compañero de elenco Julio Pallero), y de alguna manera lo viene haciendo desde chico, cuando presentaba miniunipersonales para la familia. Es que, le guste o no, la historia familiar lo fue definiendo desde pequeño. "Estudié con todos, pero nunca más de un año con cada uno", explica Hilario sobre su formación, que tuvo su etapa más formal en el Conservatorio, lugar que abandonó por "pacato".
Así se largó a presentar trabajos en reductos under y hoy, a punto de cumplir 31, suena orgulloso cuando dice que vive de la actuación, que también lo hace en publicidades televisivas. Cualquiera puede recordar la de "calavera no chilla", de DirecTV, o la de los botones, de Nextel, que lo obliga a oprimir cientos de ellos antes de llegar a Nueva York. "Después de ésta me llamaron muchísimo. Creo que es porque tengo una gracia natural, aunque no me gusta hacerme el gracioso."
La risa queda para los demás porque Hilario no se ríe ni de los que parecen ser sus propios chistes. Pero si habla, sobre todo de su trabajo, el mutismo aparece con el tema familia. "A veces me molesta que me presenten como hijo de. Le quita relevancia a lo importante, que es el trabajo artesanal que pongo para lograr una personalidad artística. En eso está Hilario, creando un sello propio, en este caso de la mano de Gardel.

Jueves, 23 de Junio de 2005

El acompañamiento

Por María Natacha Koss

Penumbras. Un tango que se apaga. El cantante que entona y vocaliza al mismo tiempo mientras las luces se encienden y nos muestran una habitación muy pobre en la que destaca la foto de Gardel. Así empieza “El acompañamiento”, obra del Gorostiza de los ’80, que representa un desafío no tanto por su complejidad de lenguaje y puesta, sino porque en este momento hay más de cinco versiones de la pieza en la cartelera de Buenos Aires. ¿Qué produce este interés, esta recurrencia? Ya no estamos, por suerte, perseguidos por una dictadura política que coarta nuestros sueños; pero la dictadura económica en la que nos acostumbramos a vivir nos fustiga casi de la misma manera. Y es así como los deseos y las frustraciones siguen luchando en nuestro interior casi de la mismo modo que hace veinte años. Julio Pallero e Hilario Quinteros decidieron poner sobre sus hombros casi la totalidad de la obra, aceptando el desafío de una puesta en escena versión 2005. Sobre un escenario despojado, dos o tres detalles nos remiten a una habitación en el altillo o en el sótano: el colchón en el piso, cajones de soda que hacen las veces de silla, el espejo en una esquina. Carlos Gardel preside la función desde un retrato que lo muestra sonriente, transformándose en la tercera presencia en el escenario. Todo se completa con las caracterizaciones de Sebastián y Tuco, brillantes tanto desde el maquillaje como desde el vestuario. Con actuaciones por momentos demasiado amaquietadas, los personajes transitan por sus recuerdos y aspiraciones de juventud. Tuco en su intento por recuperar el tiempo perdido, Sebastián asumiendo poco a poco que tal vez la misión que le han encomendado no sea lo mejor para él y para su amigo. Un cambio de luces nos lleva a un flashback de juventud, cuando ambos trabajaban en la fábrica y salían a la vida los fines de semana. “¿Te parece que los sueños sólo pueden realizarse los sábados a la noche?”, pregunta Tuco, y la vuelta a la realidad cae como un balde de agua fría sobre Sebastián y sobre nosotros. Pero también hay momentos sutiles de gran comicidad, como la discusión por el seudónimo del cantor: Carlos Bolívar (Carlos por Gardel, Bolívar por San Martín). Es evidente que el texto se sostiene por sí mismo. Puede ser previsible, pero sigue siendo efectivo. Los aspectos técnicos de la puesta están muy bien resueltos, sobre todo desde el vestuario y la escenografía. Pero las actuaciones carecen de la mirada externa del director que podría, por ejemplo homogeneizar el tono compadrito que por momentos desaparece y luego vuelve a aparecer. No es fácil dirigirse a uno mismo. Sin embargo, a pesar de estos contratiempos, la puesta sigue siendo sólida. Será porque nuestras utopías siguen vivas; será porque nos es fácil aplastar los deseos. De una forma u otra la obra logra que nos volvamos a preguntar si, después de todo, los sueños sólo pueden realizarse los sábados a la noche.
 
 

 

GOROSTIZA
Se reestrena una versión de "El acompañamiento"
 

Hoy, a las 21, se reestrenará "El acompañamiento", de Carlos Gorostiza, con Hilario Quinteros y Julio Pallero. Todos los viernes, a las 21, en el Taller del Angel, Mario Bravo 1239 (4963-1571). Entrada: $ 10. 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 edant.clarin.com/diario/2005/05/23/espectaculos/c-00802.htm
 Clarín 
TEATRO | ENTREVISTA CON HILARIO QUINTEROS
De pura estirpe
Hijo de Lorenzo Quinteros y Tina Serrano, codirige y protagoniza una obra de Gorostiza y actúa en el nuevo filme de Szifron. 
Lunes | 23.05.2005 ... En El acompañamiento, Tuco es un operario cansado de la repetición metalúrgica de molde, que renuncia y ... Quien lo interpreta, Hilario Quinteros, hijo de Lorenzo Quinteros y Tina Serrano, y nieto de Enrique Serrano,...
 
 
 
 07/04/2005 Cronista.com
 
 “El acompañamiento” de Carlos Gorostiza, con Hilario Quinteros y Julio Pallero en El Vitral (Rodríguez Peña 344). Viernes a las 21. 
 
 
Página 12- Noche y Día
Sábado, 10 de septiembre de 2005
 El acompañamiento, dirigido por Hilario Quinteros y Julio Pallero. Hotel Bauen, Callao 360. Hoy a las 20.30.
 
 Viernes, 21 hs. El acompañamiento. De: Carlos Gorostiza. Con: Hilario Quinteros y Julio Pallero.
$ 12. El Vitral. Rodríguez Peña 344. 4371-0948. Colectivos: 6, 24, 26, 37, 60, 150, 155. Subte: B. 
 
 
 
 
 

20050220

Pervertimento

Teatro 2005

 Pervertimento de José Sanchis Sinisterra
Dirección: Lindor Bressan 

 Desde el 26 de febrero, todos los viernes y sábados a las 21,30

Teatro Corrientes Azul
Av. Corrientes 5965-caba
Teléfono: 4854 1048
http://www.corrientesazul.com.ar





Intérpretes: Mónica Boland, Lindor Bressan, Jorge Ducca, Paula Etcheverry, Héctor Luna, Florencia Schrott.
Vestuario: Maggie Arias
Diseño deluces: Daniel Bustamante
Asistencia de dirección: Maggie Arias
Puesta en escena y Dirección: Lindor Bressan


Supongamos que usted esta leyendo estas líneas para enterarse que es esto de Pervertimento. Por el nombre - piensa usted – ¿se tratará tal vez de una de estas obras modernas sin pies ni cabeza, herméticas, deliberadamente raras, en la que la gente normal no entiende absolutamente nada? ¡No! Es solo una mirada absurda y divertida sobre el “mundo del teatro”...


Una puesta sobre la semiología teatral
Por Pablo Gorlero  | LA NACION

"Pervertimento". De José Sanchis Sinisterra. Puesta en escena y dirección: Lindor Bressan. Con Mónica Boland, Jorge Ducca, Lindor Bressan, Paula Etcheverry y Héctor Luna. Vestuario y asistencia de dirección: Magdalena Arias. Luces: Daniel Bustamante. En el espacio Corrientes Azul, Corrientes 5965. Los viernes y sábados, a las 21.30.
El valenciano José Sanchis Sinisterra intentó con esta pieza reflexionar acerca del teatro desde la visión de sus componentes principales: actores, personajes, autores o directores. A través de diferentes cuadros, estos seres surgidos de la caja escénica o del mismo libreto cobran vida y construyen planteos existencialistas sobre sus "porqués" y sus destinos. Como en un sentido onírico, éstos entran, salen y manipulan una puerta entre real y virtual que se abre a su conveniencia.
Aquel que alguna vez haya tomado contacto profundo con la semiología podrá penetrar algunos tramos de "Pervertimento", pieza plagada de símbolos y signos. Pero la obra se vuelve hermética a través de su tratado semiótico sobre el teatro, asequible casi exclusivamente a aquellos espectadores vinculados con ese sector. Algunas reflexiones son interesantes, pero se trata de textos no coloquiales y de forma espiral que vuelven a cada cuadro un laberinto difícil de sostener. Aunque la teatralidad esté puesta en juego desde el texto, éste carece precisamente de una dramaticidad suficiente como para sostener la atención del espectador.
En este sentido, los actores no logran cruzar ese escollo y volver teatrales a estos cuadros circulares. Salvo Jorge Ducca en su extensísimo monólogo, ninguno llega brioso al final de cada escena. Es una tarea difícil, pero la falta de credibilidad en las actuaciones y cierto tono monocorde vuelven aburrida la pieza.

Distanciamiento

Hecha la mención anterior, se desprende que Lindor Bressan no pudo conducir a los intérpretes por la línea correcta. En cambio, su puesta en escena aprovechó muy bien el espacio no convencional de Corrientes Azul y dotó a las entradas y salidas de cierta magia que tiene mucho que ver con la esencia teatral de la que habla el autor.
Pero aunque el ámbito escénico está bien distribuido, no se logra el acercamiento con el espectador que el autor propone desde su texto. Tal vez ese quiebre del distanciamiento lógico podría haber vinculado un poco más al público con lo que se quiere mostrar y contar, y eso hubiese quebrado el hermetismo. Precisamente, lo que Sanchis Sinisterra pretende es "pervertir" el rol del auditorio y hacerle cuestionar lo ficcional, lo real y cada componente de ese hecho artístico que eligió presenciar.
Tampoco queda muy bien resuelta la presencia de dos figurantes que representan una suerte de fantasmas del teatro. Sólo deambulan como eso: figurantes, pero sin presencia



VIERNES Y SABADOS, 21,30 HS. PERVERTIMENTO, de José Sanchis Sinisterra por el grupo De T a Tró en Corrientes Azul, Av. Corrientes 5965. Entrada $ 8.- Reservas: 4854-1048.  
Con: Mónica Boland, Jorge Ducca, Lindor Bressan, Hector Luna y
Paula Etcheverry. Puesta en escena y dirección:Lindor Bressan.

Pervertimento es una sucesión de escenas que tratan el "mundo del teatro", desde una lectura semiótica del hecho teatral.La historia lineal está ausente y cada una de las secuencias responde a distintos momentos de la problemática teatral.
El objeto, el actor, el director, el autor y, finalmente, el personaje, forman parte de la trama que incluye al espectador como un presencia insoslayable en el desarrollo del montaje.
SI TE GUSTA EL TEATRO, NO TE LA PODES PERDER

 
Página 12-Espectáculos-26 de febrero 2005
Noche & Día

Pervertimento, de José Sanchís Sinisterra. Con Mónica Boland, Jorge Ducca, Lindor Bressan y otros. Dirección de Lindor Bressan. Estreno en Corrientes Azul, Av. Corrientes 5965, hoy a las 21.30.


Página 12-Espectáculos-7 de mayo de 2005
Noche & Día

Pervertimento, de José Sanchís Sinisterra. Con Mónica Boland, Jorge Ducca, Lindor Bressan, Héctor Luna y Paula Etcheverry. Dirección de Lindor Bressan. En Corrientes Azul, Av. Corrientes 5965, hoy a las 21.30. 
 http://www.pagina12.com.ar/diario/espectaculos/6-50666-2005-05-07.html



cronista.com -  07/04/2005
“Pervertimiento” de Lindor Bressan, con Paula Echeverry y Héctor Luna en Corrientes Azul (Corrientes 5965). Viernes a las 21.30, repite el sábado.
http://m.cronista.com/Mobile/nota.html?URI=/contenidos/2005/04/08/noticia_0090.html


Guía gobierno ciudad de Buenos Aires-febrero/marzo 2005
Viernes y sábado, 21.30 hs. Pervertimiento. De: José Sanchís Sinisterra. Dir.: Lindor Bressan. Con: Héctor Luna y Paula Echeverry. $ 8. Miércoles y jueves, 21 hs. El jardín de los cerezos. De: Antón Chejov. Dir.: Hugo Álvarez. Con: Laura Sterlino, Enrique Oliva Zani y elenco.
Corrientes Azul - Espacio teatral. Av. Corrientes 5965. 4854-1048. Colectivos: 34, 65, 71, 76, 166. 
http://www.buenosaires.gob.ar/areas/cultura/parair/143/teatro.php?menu_id=11227






20040709

En el país de los ciegos

 Teatro-2004

En el país de los ciegos
de Juan Carlos Pisano y Joaquín Rocha


Intérpretes: Juan Carlos Pisano y Joaquín Rocha
Música: Carlos Seoane

Teatro El Colonial - Av. Paseo Colón 413-caba-

En el país de los ciegos es la expresión del inconciente de los hombres y mujeres de nuestro país. Sus cuestionamientos frente a los ideales y los sueños. Es adentrarse en la vida misma, mirar una realidad que nos toca a todos. Urga en el pesimismo sembrando un mensaje esperanzador. Reflota valores olvidados y alienta aquellos que aún están vigentes. Si bien la máscara de la hipocresía está siempre presente, nos pone frente a un espejo que nos invita a vernos a cara limpia.
La experiencia extraída de las representaciones que se han realizado desde el estreno, nos permite afirmar que el espectador no puede dejar de identificarse con todos o por lo menos alguno de los rasgos de los personajes que desfilan en el desarrollo de la trama. Esto provoca una adhesión muy especial con el mensaje y una notable apertura a una nueva mirada hacia uno mismo.
Si logramos que alguien pueda modificar algo en su vida nos daremos por satisfechos. En el país de los ciegos nos desafía a tomar partido y, así, perder el derecho a la queja.

Fue galardonada con el auspicio de SIGNIS, Asociación Católica Argentina para la Comunicación. Representada en la temporada marplatense 2004 y en la temporada de invierno del teatro Colonial.








Viernes y sábado, 22.30 hs. En el país de los ciegos. De y dir.: Juan Carlos Pisano y Joaquín Rocha. Colonial.  Av. Paseo Colón 413. 4342-7958/1362. Colectivos: 2, 4, 20, 22, 33, 56, 61, 62, 64, 74, 93, 105, 111, 126, 129, 130, 143, 152, 159, 195. Subte A. 
http://www.buenosaires.gob.ar/areas/cultura/parair/143/teatro.php?menu_id=11227



- “En el país de los ciegos” de y por Juan Pisano en teatro Colonial (Paseo Colón 413). Viernes a las 22.30. 
  http://m.cronista.com/Mobile/nota.html?URI=/contenidos/2005/04/08/noticia_0090.html


    









                                















 

20031007

Presentación del libro Mora. Una confesión, de María Maratea. Octubre 2003- Editorial Planeta











Domingo, 16 de noviembre de 2003


PAGINA 3
Ahora o nunca


Por María Maratea

Un día decidí que quería ser mujer. Fue a los veintiséis años, cuando todavía trabajaba en el banco.
Con mi amigo Martín Sanguinetti empezamos a frecuentar La Jaula, un boliche under de la noche porteña. Allí vi, por primera vez, travestis de verdad. Me fascinaron. Eran amazonas. Seducían. Intimidaban.
Nos hicimos habitués. Había un show de stripers y convencimos al dueño de que nosotros teníamos que ser los presentadores. Ibamos a estar a prueba un par de semanas.
Cosimos unos vestidos con retazos de gasa. Fuimos a Once y en el revoltijo de una zapatería conseguimos en oferta tacos altos número cuarenta y tres. Compramos un par de pelucas, unas tangas y dos corpiños que rellenamos con lana. Nos afeitamos las piernas y las axilas. Los brazos los taparíamos con guantes largos. Decidimos llamarnos: “Las Kinder: dos sabores y una sorpresa”. Martín eligió llamarse Karen. Yo, Mora, mi apellido. Siempre me gustó.
Nos divertíamos tanto arriba del escenario tratando de hacer un sketch cómico, que Martín se tentaba de risa y no podía parar. Quedé elegido yo. Me encantaba hacer eso. De a poco, ya no sólo presentaba a los stripers, sino que, además, monté mi propio show: bailaba salsa, cantaba boleros, hacía subir a la gente para que cantara conmigo.
A Martín lo contrataron como encargado de relaciones públicas. Él era muy diplomático, muy seductor. Lo conocí una noche en un boliche gay. Aunque era dos años menor que yo, nos hicimos muy amigos. Fue una de las personas más sinceras que conocí. No dejaba de hablar de su primer novio, a los dieciséis, de quien todavía seguía enamorado. Hasta que el tipo, un abogado que rondaba los cuarenta, director de Minoridad y Familia, apareció un día por televisión diciendo que parejas de homosexuales y travestis no podían adoptar hijos. Martín no lo podía creer. Sintió tanto asco que no lo nombró más. Después, deprimido por tanta hipocresía se fue a vivir a España. Hace años que no sé nada de él.
En el boliche trabajábamos de jueves a domingo. Yo ganaba cincuenta pesos por noche. Ya hacía cuatro años que vivía solo en el departamento que papá había comprado para mí. Mis hermanas también tenían uno cada una: María en Recoleta y Belén en Barrio Norte. A mí me tocó el de Las Cañitas, en Luis María Campos y Chenaut, a diez cuadras del de mis padres.
Seguía en el banco. Estaba fisurado.
Caía al boliche alrededor de las nueve con la mochila llena de medias, bombachas, corpiños, vestidos, pelucas, maquillajes. Como siempre iba en taxi, una noche probé ir vestido, ya, desde casa. Elegí un solero minifalda rojo, bien ajustado, escote en V. Me puse la peluca platinada con flequillo, medias de lycra color piel y sandalias rosa con plataforma de acrílico. Un par de collares y unos anillos. Me maquillé: base clara, colorete, delineador negro, sombra bordó y mucho rimmel. Los labios, carmín.
Pero tenía que vencer el primer obstáculo: el portero. Él estaba acostumbrado a verme en traje o en jogging y con el pelo corto y negro.
Ahora o nunca. Agarré la carterita roja, el bolso con los maquillajes y salí. En el ascensor, bajando los doce pisos, pedía por favor que Rogelio no estuviera. Hacía calor. La transpiración me chorreaba por debajo de la peluca. Todavía no tenía buenos maquillajes. Sentía que la cara se me iba derritiendo. Lo vi parado en la puerta con una escoba en la mano. Tomé envión con la frente alta. Se quedó duro. Me miraba las piernas. No me había reconocido.
–Qué dice Rogelio, ¿cómo anda? –dije con la voz acorde a la ropa.
Se le cayó la mandíbula.
–Ho-ho-hola. Qué tal, qué tal –decía mientras me miraba de arriba abajo. No entendía nada. Y dijo otras cosas que yo tampoco entendí, si estaba más nervioso que él. Al final, desde ese día, me empezó a saludar más simpático que antes. Es como todo, uno siempre se termina acostumbrando a cualquier cosa. Lo más difícil es la primera vez; después, ya está.

Este fragmento pertenece a Mora. Una confesión, el libro de María Maratea que editorial Planeta distribuye por estos días en las librerías.

20021119

Presentación del libro CARDEI (Galerna) de María Maratea, en la Feria del libro- Abril 2002


María Maratea







Página/12





Domingo, 12 de mayo de 2002


“Hasta el ‘79 viví de levantar quiniela. Tenía que ayudar a mi vieja, que cosía para afuera, y como yo no podía trabajar de cualquier cosa, por mi salud. El problema era la policía. Venían a mi casa y revisaban todo. Así que empecé a memorizar todo. Tenía todos los clientes y todos los números en la cabeza.”




Heridas que no cierran

Pasó la mitad de su infancia con las piernas enyesadas por culpa de la hemofilia. Vivió de pasar quiniela. Conoció a su bandoneonista en una funeraria. Una transfusión lo infectó con el HIV. Y sin embargo, se convirtió en una figura de culto dentro del tango, tuvo mujeres, hijos y amantes. A un año de su muerte, su compañera María Maratea publica Cardei, una conmovedora biografía que la Editorial Galerna distribuye por estos días y de la que Radar reproduce algunos de sus mejores momentos



Por María Maratea


Me pareció que tenía un defecto físico. Estaba sentado, con un vaso de whisky en una mano y un cigarrillo en la otra.
Ese jueves, el bar de la librería Gandhi estaba lleno. Escritores, cineastas, actores. Un público que iba llegando apurado como para asistir a una misa. Todos calladitos, inquietos, ansiosos por escuchar a ese cantor de tangos. A ese cantor de culto.
Hacía ya tiempo que Elvio Vitali, el dueño de Gandhi, me decía que no podía perderme a ese tipo que había descubierto en una cantina del barrio de San Cristóbal. Que lo había llevado a cantar ahí y le había hecho grabar un disco. Que yo tenía que hacerle un poco de prensa y representarlo. Porque era bárbaro. Porque era diferente.
Un día fui. Allí estaba, sentado, con un vaso de whisky en una mano y un cigarrillo en la otra.
–Hola piba. Vení, sentate. ¿Qué querés tomar? ¿Querés un whisky?
–No, gracias. Un café está bien.
–¿Qué es lo que hacés?
–Prensa.
–¿Sos periodista?
–No. Soy agente de prensa. El nexo entre el artista y el medio.
–¿Y te gusta hacer eso?
–Sí, me gusta.
–O sea que conseguís notas en los diarios.
–Claro.
–No tendría que ser así.
–¿Por qué?
–Porque las notas tendrían que ser sentidas. De verdad. No porque alguien las pida. Así no vale –dijo, mientras colocaba el cigarrillo en una boquilla negra.
Era muy bajito. Tenía la espalda cargada, el cuello corto, y cuando giraba la cabeza lo hacía con todo el cuerpo. Las manos hinchadas. No se le notaban las venas. Sus dedos largos, delicados y sus uñas impecables, con brillo, le daban aspecto de prolijidad. El pelo entrecano. La piel morena. La boca grande con labios bien delineados y gruesos mojados constantemente por la lengua. Tendría unos cincuenta años.
El traje medio antiguo, azul, la camisa blanca y el moño también azul con pintitas rojas. Su hablar pausado, tranquilo. Nunca había visto a alguien saborear una pitada de cigarrillo y un sorbo de whisky con esa intensidad. Pero lo que más me atrajo fue su mirada: tenía el dolor y la sabiduría de alguien que ha vivido mucho.
Las luces comenzaron a apagarse. Con cierta dificultad se paró, me pidió permiso y rengueando, fue hacia el centro del bar. Un viejo bandoneonista lo esperaba. Le costó llegar.
Por fin, se sentó en una banqueta y apoyó el brazo sobre una mesita que había ahí, a su lado. Tomó un trago de agua. Miró al público, se acercó el micrófono, saludó y presentó al hombre del bandoneón: “Antonio Pisano, mi amigo de siempre”, dijo, y tras un “ojalá que les guste”, empezó a cantar.
Una voz delicada. Susurraba, decía. No gritaba. Tangos de antes del cuarenta que contaban historias sencillas, historias de malvones, de patios, de rejas, de amores perdidos y encontrados. Y antes de cada tango, una anécdota relacionada con lo que iba a cantar. Algunas graciosas, otras tristes. La gente se reía y lloraba. Aplaudía y ovacionaba. Alguien me acercó un diario: el Le Monde de París y la nota sobre él: Le boiteaux fascinant.
Y cada vez más tangos. Y cada vez más aplausos y más gritos de aprobación. De pronto no estuve más allí. Recorrí barrios, cielos cubiertos de estrellas, me enredé con guapos, busqué novias ausentes. Hasta que otra vez en la mesa, transpirado, me preguntó:
–¿Querés otro café?



EL MUNDO DE PIE
“A los ocho años dejé de caminar. Me golpeaba las piernas jugando a la pelota y de tenerlas quietas tanto tiempo para que se me fueran los derrames ya no las podía estirar. Estuve enyesado hasta los trece, y después me las fueron estirando de a poquito. Por eso camino así. Los hemofílicos tenemos una deficiencia en la coagulación. Cuando te golpeás, a vos los hematomas se te curan enseguida porque tu coagulación es normal. En nosotros la sangre no coagula, sigue saliendo, se acumula adentro de la articulación y la desgasta, porque la sangre, por el hierro, es corrosiva y daña también al músculo. Siempre hay que dar el factor octavo lo más rápido posible. Imaginate en 1944, cuando yo nací. A los dos años en la Casa Cuna me quisieron cambiar la sangre y casi me muero. Cerca de 1950 se empezó a saber algo, gracias al doctor Alfredo Pavlovsky, que se dedicó toda la vida a la hemofilia. Fundó La casita del hemofílico, en la calle Pacheco de Melo, y en 1986 abrió la Fundación de la Hemofilia, mi segunda casa. Pero recién a fines de los ‘70 se descubrió este concentrado purificado como el que me doy ahora, que tiene sólo el factor octavo. Es bárbaro. Es una inyección endovenosa que me la puedo dar yo mismo en mi casa. Y encima, después de inyectarme, no soy hemofílico por 24 horas. Pero cuando era chico, mi vieja me ponía hielo. Hielo y clara de huevo. Y me curaba los moretones. Como me enyesaron entre los ocho y los trece, mi papá no me pudo ver caminando de nuevo, murió justo unos meses antes. Con mi vieja, en cambio, formamos una sociedad para que yo pudiera volver a caminar. Y caminé. Volví a ver el mundo de pie.”



CON LA LECHERA LLENA
“Una de las cosas que más me gustaba de mi infancia en Villa Urquiza era el Carnaval. A las tres de la tarde todos los pibes estaban preparados con los baldes para jugar al agua. Y yo me quería prender. Le decía a mi vieja: ‘Mamá, ¿tenés un balde?, quiero jugar con los chicos’. Me decía: ‘No. Vos con el balde no. Tomá la lechera que es más livianita’. ‘Bueno, mamá’, le contestaba. Y me iba para la calle con la lechera llena de agua.
“El barrio era dos cuadras, un patio grande, toda una familia. Y mi mamá le decía a esa familia que había que cuidarme. Pero yo no sabía nada. Yo quería compartir el Carnaval, y los chicos me cuidaban tanto que pasaban las horas y a mí nadie me mojaba. Yo siempre estaba seco. A las cinco era la última llenada de baldes. Después había que ir a cambiarse porque venía el corso. A las cinco menos diez, yo seguía seco y con la lechera llena. Entonces no aguantaba más y empezaba a gritar: ‘¡Estoy seco! ¿Nadie me moja?’. Pero no había caso. Se iban todos y el único seco era yo. Me daba tanta bronca que me vaciaba la lechera en la cabeza. Y mi mamá le guiñaba el ojo a mi tía y le decía: ‘¿Vio Josefa, cómo lo mojaron al Negrito?’ Pobre, se creía que yo no me daba cuenta.”



CHAMUYANDO EN LA FELIZ
“Un verano fuimos con los muchachos a Mar del Plata, y como yo tenía este problema en las piernas, hacían un pozo en la arena y me metían adentro. Con medio cuerpo afuera, y los muchachos alrededor, esperábamos a las chicas. ‘Dale, Negro. Chamuyalas’, me decían. Cuando llegaban, me preguntaban: ‘¿Por qué estás enterrado?’. ‘Porque tuve un accidente y no puedo tomar sol en las piernas’, les contestaba. ‘¿Pero qué te pasó?’ ‘Me caí del caballo en el campo de papá.’ ‘¿Cómo fue?’ Y entonces les contaba los pormenores de ese accidente. Cuando salía del pozo, ya había conquistado a la que más me gustaba y todos habían conseguido una chica.”



RUBIA, LINDA Y CON UN ZAPATITO NEGRO
“Un día, los muchachos iban a ir a bailar, y me insistieron tanto que al final fui. El gordo me cargaba. Me decía: ‘Dale Negro, si no bailás te la chamuyás’. Yo nunca bailé. Pero esedía pensé que a lo mejor con los lentos me la podía rebuscar. Llegamos al Club. Estaba lleno de chicas. Había una música movida y pensé: acá me la pierdo. Apenas nos sentamos marqué a una rubiecita que estaba en una mesa del otro lado del salón. Era linda. En eso, pusieron una de Los Panchos. Le hice señas. Ella me miraba y se sonreía. Me jugué y me paré. Ella se paró. Los dos enfilamos para el centro de la pista. La distancia se me hacía interminable. No llegaba nunca. Cuando la tuve al lado mío, miré sus pies, y vi esa plataforma en uno de sus zapatos.”



RESCATANDO A VIRGILIO
“A los veinte años me hice adicto a la heroína. Fue una noche que llegué a atenderme con un dolor insoportable en una pierna. Pero como en ese tiempo todavía se daban transfusiones, tenía que esperar que la bolsa con el plasma se descongelara. Mientras tanto, era tanta mi desesperación por el dolor que el médico me dio una pastilla. Ahí nomás me quedé dormido con una sensación de paz, de alivio. Cuando me desperté quería más de eso, aunque ya no había dolor. Le pedí otra al médico pero me dijo que no. Miré arriba del escritorio y vi la caja. Leí: Daurán R 875.
“Ese remedio tenía heroína. Estuve casi diez años falsificando recetas. Después me lo empecé a inyectar.
“Un día en mi casa sintieron un olor raro que salía de la pieza. Era yo que me estaba quemando. Me había quedado dormido con un cigarrillo encendido. Se me había caído en el pecho y me estaba haciendo un agujero bárbaro, mirá, todavía tengo la cicatriz. Y no me dolía. No sentía nada.
“Me internaron en el Borda: recuperación de adictos.
“Nos juntábamos a la noche con los internos y yo les contaba historias. Había uno, Virgilio, que todas las noches hacía lo mismo: se armaba la valija y nos empezaba a saludar a uno por uno. Nos daba la mano y aseguraba que se iba porque le habían dado el alta. Yo le decía: ‘Aflojá Virgilio, ¿adónde vas? Vení, sentate aquí al lado mío que te tengo que contar algo que pasó allá afuera’. Le inventaba alguna historia de presos y de locos y él se quedaba dormido sobre mis piernas mientras yo le acariciaba la cabeza, contento porque esa noche Virgilio se había salvado del Ampliactil.”



EL NUMERO EN LA CABEZA
“Desde que salí y hasta el ‘79 viví de levantar quiniela. Tenía un montón de clientes en Villa Urquiza. Tenía que ayudar a mi vieja, que cosía para afuera, y como yo no podía trabajar de cualquier cosa, por mi salud, ese laburito me venía bárbaro. Me sentaba en mi pieza, frente al escritorio, agarraba el teléfono y le daba con todo: cinco al veinte, diez a los premios, todo a la redoblona. Yo era banca, y a veces cuando salía un número de esos que jugaban todos, me acostaban. Pero me iba bien. Hasta me pude comprar un autito.
“El problema era la policía. Venían a mi casa y revisaban todo. Un día se armó un revuelo bárbaro: estaban por los techos, eran como cincuenta. Pero no se dieron cuenta de que los papeles estaban escondidos en los dobladillos de la ropa, colgada de la soga, en el medio del patio. Después de eso, empecé a memorizar todo. Tenía todos los clientes y todos los números en la cabeza.”



MALDITO AMANECER
“Después de hacer guardia en mi casa toda la tarde esperando que me llamaran de los boliches para cantar, a la noche salía de recorrida en mi auto viejo que estaba tan herido como yo, pero que nunca me dejó de a gamba. Cantaba en un lugar, después en otro, y así toda la noche. No me cansaba. ¿Sabés por qué? Porque cuando volví a caminar, me di cuenta de que la vida de parado se veía de otra manera. Y quería recuperarla toda junta. Yo florecía cuando caía el sol. Me molestaba cuando veía el primer rayo y tenía que dejar las cantinas, donde terminabacantando para los cocineros. La noche me transformaba. Me parecía demasiado corta. Me decía: qué lástima que Buenos Aires no esté entoldada. Pero cuando volvía a mi casa a las ocho de la mañana y veía a las madres llevando a los chicos a la escuela, pensaba que a mí también me hubiera gustado ir a la escuela primaria. Pero la hice en mi casa. Escuela domiciliaria, le decían. Con la señorita Norma. Tenía una sonrisa hermosa. Ella se me acercaba y yo le miraba el escote, le sentía el perfume, y no entendía nada de lo que me explicaba. Yo estaba enamorado de ella. Hace poco en el Club del Vino se apareció una señora ya mayor, y sonriendo me dijo: ‘Hola Negrito’. La miré y le dije: ‘A ver, reíte de nuevo’. Y fue imposible no reconocerla. Hacía cuarenta años que no nos veíamos. Había ido a verme. A mí.”



ESOS ACONTECIMIENTOS TAN TRISTES
“Algunos me critican el acompañamiento pero para mí Antonio es como las guitarras para Gardel. Y a él también se las criticaban. Lo acompañaban Canaro, Terig Tucci, y decía que extrañaba a los muchachos, a las escobas. A Antonio lo conocí un viernes. Yo andaba sin trabajo y había salido con otro cantor amigo a recorrer boliches buscando alguna posibilidad. Habíamos fracasado y ya casi de madrugada mi amigo me invitó a comer. Andábamos los dos secos pero insistió para que fuéramos a un lugar que él conocía donde nos iban a recibir bien. Llegamos. Sobre la puerta un cartel que decía: Sepelios Banchero. Enseguida salió a recibirnos un hombre mayor que era el que se ocupaba de noche de atender esos acontecimientos tan tristes. ‘Pasen, así se agranda la ronda’, dijo. ‘Los muchachos están en el fondo.’ Cruzamos la sala entre candelabros, tarjeteros y todas esas cosas. De atrás de una lona salía el murmullo tenue de un bandoneón. Cuando la pasamos vimos a unas sesenta personas comiendo, tomando, recordando tangos. ¿Podés creer? Allí funcionaba la peña Homero Manzi donde caían todos de recalada. En la cabecera un hombre con cara de bueno tocaba el bandoneón. Era él. Era Antonito. Me pidieron que cantara algo y canté. Fue el primer tango que hicimos juntos: ‘El bulín de la calle Ayacucho’. Pareció que nos conocíamos desde siempre. Apenas nos miramos ya sabemos lo que nos queremos decir. Hace veinte años.”

LA MUERTE DEL TANGO
“En 1979 me tuve que operar de un pseudoquiste hemofílico en la pierna derecha. Había tenido un derrame por un mal movimiento. El doctor me dijo que quería que yo supiera que era una operación difícil, que tenía el 90 por ciento de probabilidades de morirme. Pero me quedaba el 10 por ciento. Me mandaron a un psicólogo para que me preparara. Cuando fui a verlo, me dijo que también había otra posibilidad. Le pregunté cuál era. “Amputar la pierna.” “¿Cómo amputar la pierna? ¿Pero usted sabe lo que está diciendo? ¿Usted sabe lo que me costó a mí volver a caminar? Formamos una sociedad con mi vieja para que yo pudiera volver a caminar. ¿Cómo me van a cortar la pierna? ¡No! ¡Yo me quiero morir con las dos!”, le dije. Y se ve que lo entendió porque no dijo nada más.
“En el quirófano, cuando se acercó la anestesista, una morocha preciosa, la miré a los ojos y le dije: ‘Tené cuidado piba, hacé despacito porque podés matar al tango’.
“Pobre, no quiso pincharme. Le dijo al doctor: ‘Désela usted, yo no puedo’.
“Al final me operaron. Fue un éxito. Cuando me desperté, lo primero que hice fue mirarme la punta de los pies.”


HACEME EL FAVOR, NENA, ANDATE
–Andate nena, haceme el favor.
–¿Qué pasa? –pregunté. –Quiero que te vayas y que no nos veamos más.
–¿Por qué? ¿Qué pasó?
–Me paso todo el día pensando en vos.
–¿Y por eso querés que me vaya?
–Sí.
–Me iría. Pero yo también pienso en vos.
–Con más razón todavía.
–Porque estás casado.
–Sí.
–Y porque tenés una amante.
–Sí.
–Pero yo pienso en vos, no en tus mujeres.
–Bueno mirá, ¿sabés por qué quiero que no nos veamos más?
–¿Por qué?
–Porque estoy muy enfermo. Porque me voy a morir. Porque tengo sida. Haceme el favor, nena, andate.
A los cuatro meses de vivir juntos, comenzó a tomar el cóctel antirretroviral. Desde que supo de su contagio en 1987, a causa de esos hemoderivados infectados que llegaron al país, su medicación era AZT. Ahora había una nueva esperanza: hidroxiurea, D4T y DDI. Se decía que combinando estos tres fármacos, podría incluso negativizar el HIV. Leí en los prospectos los efectos colaterales: leucemia, embolia cerebral, insuficiencia hepática, insuficiencia renal, muerte súbita, parálisis, infarto, colapsos, convulsiones, hemorragias eran sólo algunos. Me decía: “Dejá, ni los leas, ¿para qué?, si igual los tengo que tomar”.
El 24 de marzo de 1997 el resultado de la primera carga viral, que es el método más sensible con el que se puede medir el virus en la sangre, dio indetectable.
Cuando salimos de la Fundación me invitó a almorzar. Desde su teléfono celular llamó a su hijo para darle la noticia. Después llamó a sus amigos Hugo Levin y Cacho Vázquez. Estaba feliz. A partir de entonces, todos los análisis demostraron lo mismo. Pero debía seguir con el cóctel. Y después de un año de tomar ocho pastillas diariamente, cada vez que las tragaba las vomitaba. Entonces le cambiaban el esquema de medicación con nuevos fármacos.




FRENAR UN AVION CON EL PIE
Ir a cantar a Porto Alegre, era cumplir un sueño casi imposible.
–¿Y cuántos días hay que estar allá?
–Tres. Nada más. Pero en la Fundación nos van a decir adónde tenemos que ir por si llegaras a tener algún problema.
–Sí, ya sé. Además Porto Alegre está acá nomás. ¿Sabés cuál es el problema?
–¿Cuál?
–El avión. ¿Quién se sube al avión?
–No, perdoname, pero si sos Gardel, vas a tener que subir.
–Sí, tenés razón. Mirá cuando salga en los diarios: “Cantor de tangos, muere igual que Gardel”. Porque si voy, va a ser con las guitarras, sabés que Antonito no viaja. Si le tiene más miedo que yo.
–No te hagas ilusiones de morir igual que Gardel. El avión no se va a caer, porque vos vas a ir con Alfredito y conmigo, y Gardel no iba ni con su mujer, ni con su hijo.
–Tenés razón. Y además estamos en mayo, no en junio. ¿Y cuándo es eso?
–El avión sale el jueves seis, la actuación es el viernes siete y el sábado ya estaríamos de vuelta.
Cuando bajó del avión en Brasil, estaba cumpliendo el sueño que antes, por razones de mayor distancia, no se había animado a realizar. Lo llamaban de España, Noruega, Alemania, Francia, Italia, Japón, EstadosUnidos, Venezuela, Chile, México, Cuba. Pero lo limitaba su salud, la inseguridad de estar en otro país lejos de la Fundación de la Hemofilia y de sus médicos.
En Porto Alegre, con mil personas aplaudiéndolo de pie, tuvo una de las emociones más fuertes de su vida. “Me temblaban las piernas”, contaba. “Y manejar. Me cansó manejar. Allá arriba, para tranquilizarme, me hice la historia de que yo manejaba el avión. Que era yo el que estaba llevando a toda esa gente, a esos chicos, y que por eso no se iba a caer. Por eso no hablaba. Por eso pedía whisky. Para concentrarme mejor.”


UN WHISKY SOLO
En el debut de “Encuentro a todo tango” en el Club del Vino, llegó acompañado por su hijo Alfredo. Estaba pálido. “¿Te sentís bien papá? ¿Qué te pasa?” “Nada hijo, nada.” Transpiraba. Subió al escenario y se puso a cantar. La sala estaba llena de periodistas. Los flashes lo mareaban, le hacían cerrar los ojos. “¡Maestro!”, le gritaban “¡Otra maestro! ¡Qué cantor!” Bajó del escenario entre aplausos y bravos y apenas pudo decir: “Alfredito, llevame a la Fundación”.
Una semana después, todavía internado en la Fundación de la Hemofilia, contaba: “Mientras estaba cantando sentía ruidos en la panza. Me di cuenta de que estaba teniendo una hemorragia digestiva. Los miraba a todos y pensaba: maestro, maestro, me parece que el maestro esta noche caga fuego”. En medio de las risas, llegó el médico.
“Negro, no hagas más esto. Cantaste con diecisiete de hematocrito. Con esa anemia te podías haber muerto. Esta vez te pudimos parar la hemorragia, pero pará con el whisky porque la próxima no sé qué pasa.”
Al final, con unas palabras y una sonrisa terminaba convenciendo al médico, quien le prometía que en la próxima función iba a estar sentado en la primera fila. “Bueno, está bien, pero un whisky sólo ¿eh?”


LEVANTÉ QUINIELA, TUVE AMORES
“Mirame. Soy Quasimodo. Casi no puedo moverme. No puedo estar parado ni cinco minutos para afeitarme. Son los remedios que me están dejando así. Me duele todo. Los hombros, la cadera, las rodillas. No puedo ni girar la cabeza para verte pasar. Me gusta verte pasar de acá para allá. Te miro y me gusta. Vas y venís todo el tiempo. Vení. Sentate aquí. Un ratito nada más. Hablemos. No sé qué me viste. No sé por qué te enamoraste de mí. Soy feo, no puedo caminar, estoy enfermo. Vení Esmeralda, vení. Sentate aquí y hablemos.
“Mis viejos pensaban que me iba a morir a los trece años. Pero mirá, tengo cincuenta y cinco. Crecí, fui a la escuela, tuve novias. Me casé y tuve un hijo. Levanté quiniela, tuve amores, canté. Salí en los diarios, en las revistas, en la televisión. Siempre fui respetado y querido. Viví. Me divertí. Disfruté cada día, de verdad, como si fuera el último. Y al final de mi vida me enamoré por primera vez. De una mujer como vos, que me ama como nunca nadie me amó. ¿Cómo no le voy a estar agradecido a la vida? ¿Qué más puede pedir un hombre? Pero así, no. Perdonáme mi amor, pero así no puedo seguir.”


Una magia modesta

Por Julio Nudler


¿Quién es más cantor? ¿El que canta con guitarras, como Gardel, Corsini, Rosita Quiroga, o en estos días Alfredo Sáez? ¿O el cantor de orquesta, como Dante o Marino? Pero hubo también quienes, ya consagrados en célebres orquestas, se revalidaron en un ceñido marco guitarrístico, como Jorge Vidal después de Pugliese o Mauré después de D’Arienzo. Sin embargo, en otro sentido, cantor era quien pudiese capturar en su voz toda la esencia del tango, del barrio, del mal de amores, del humor y de la filosofía derrotada del porteño, o del rioplatense en general. Cantor era Angel Vargas, era Fiorentino, era Campos, era Rivero, o igualmente Azucena o Mercedes Simone. El cantor se remontaba en su propia fantasía, era quien todo lo podía, el guapo que lloraba, el enamorado gemebundo o el crítico mordaz e implacable. Era fino como Serpa, exaltado como Morán o popular como Carlitos Roldán. Cantor era el que enloquecía a las mujeres, como Martel, o sólo un petiso agigantado, como Ferrari. Recio y macizo, como Durán, o con aquella vibración dramática de Casal. Caudaloso como Podestá o sentimental como Ribó. Cantar era cautivar, como sabía hacer el gordo Iriarte, o asombrar el oído, tanto como sólo Charlo era capaz. Al cantor le estaba permitido cantar letras que a veces no entendía del todo, porque las de García Jiménez o Discépolo o Expósito no eran versitos fáciles y repetitivos para masas entontecidas. Cantar como un cantor era reírse o apiadarse con Cadícamo, con Rubistein, con Romero. Cantor era asumirse de pie ante el micrófono y la gente, en el torbellino de las emociones, cegado por un esplendor intenso y seguramente efímero, teniendo en uno o dos minutos que dejar la vida, tal vez varias veces cada noche. Podía ser famoso, triunfal, como Echagüe, Floreal Ruiz, Castillo, Moreno o Rufino. O cantar maravillosamente, pero ser casi una rareza, como Cordó, Rubén Cané o Garrido. O ser un fenómeno, como Deval u Oscar Alonso, pero quedarse ahí. O andar de orquesta en orquesta, sin durar ni dar el golpe definitivo, como Almagro, Torres o Lozano. ¿Y de cuántos grandes cantores se olvida uno en el apuro? De Bermúdez, de Jorge Ledesma, de Linares, de Serna, de Fabri... de tantos más. Y de ellas, de Carmen Duval, de Ada Falcón, de María de la Fuente, ¡de Libertad! ¿Quién de todos ellos habrá querido ser Luis Cardei? Y fuera de eso, ¿quién llegó finalmente a ser Cardei, cuando ya no parecía haber lugar para ninguno más? Difícil responderlo.
Su oreja de pibe enfermo se construyó junto a la radio un mundo emocional como aquellos tangos y aquellos valses que contenían una historia completa, como “Traicionera” o “De puro guapo”, y se detuvo a recoger esas flores únicas, que pocos o ninguno volvió a oler, como “Tan sólo por verte” o “Uno y uno”. El seseo, la voz pequeña, una cadencia confidencial, suficiente para evocar ese repertorio interminable que en unas pocas décadas se dio el tango. Pero también el malestar del oído acostumbrado a admirar aquellas incomparables letras cuando Cardei las alteraba, probablemente por mero descuido, quitándoles poesía o incluso sentido. Aunque es cierto que no fue el primero ni el último vocalista en derrapar en la pista del mejor verso.
El bandoneón de Antonio Pisano, a quien Cardei conoció en los fondos de una funeraria de San Cristóbal, le fue fiel como una sombra sonora, sin más aspiraciones que la autenticidad. Mayor relieve le confirió en cambio el cuarteto del guitarrista Luis Borda, con el notable fueye de Héctor del Curto. Cardei se alzó desde su ámbito natural, el de un café de nostálgicos en algún barrio más bien pobre, hasta el ambiente medio intelectual del café concert de la Gandhi. En la Argentina, como es sabido, se descubre cada tanto lo que siempre estuvo a la vista. Cardei protagonizó entonces un pequeño fenómeno, limitado porque el tango no puede llevar a nadie muy lejos. La sociedad, los medios, la industria del entretenimiento no lo permiten. ¿Para qué discutir si hubiese merecido mayor trascendencia? Tuvo, en todo caso, más que la imaginable, dadas las cosas. Y dejó más grabaciones que las de muchos grandes.




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Cardei, el libro de María Maratea. Por Karina Micheletto para la Revista de Cultura El Necio -Noviembre 2002

La mujer del último guapo

Por Karina Micheletto (*)









Cardei, el libro de María Maratea


Por años, Luis Cardei fue el secreto mejor guardado del tango en Buenos Aires. Como suele suceder, alguien lo descubrió en una cantina alejada del centro, y a partir de entonces sobrevino una modesta fama, cuatro discos y actuaciones importantes. Muchos dicen que Cardei fue el último cantor de tangos: el último que le cantó a la ciudad sabiendo cabalmente de que hablaban las letras que interpretaba. A dos años de su muerte, su última compañera le dedica un libro en el que cuenta su historia.


María Maratea recuerda perfectamente cómo se imaginaba a ella misma de vieja cuando tenía seis años. Vestida de negro, frente a una máquina de escribir, sentada junto a una ventana con cortinas blancas de crochet, en una habitación cálida, llena de libros. Era una visión que la obsesionaba. Cuando fuera vieja iba a ser escritora. Estaba segura. Iba a vivir la vida y después sería escritora. Un día, no hace mucho, se dio cuenta que ese momento que ella imaginaba es ahora. Siendo muy niña pensaba viejos a los de 30, y esa es la edad que ella tiene ahora. Aunque ahora que ya es vieja como ella se pensaba de chica, conoce lo que es la vejez, y es otra cosa. Ahora María sabe que hay intuiciones que vienen de muy lejos, quién sabe de dónde, quién sabe de qué herencias enrevesadas. Y que tarde o temprano esas intuiciones imponen su verdad.


María


Puede decirse que la intuición de María se cumplió cien por cien. La niña creció y vivió la vida. Se dedicó a hacer máscaras, esculturas, fue cantante de blues, actriz. Después sintió que le pesaba tanta exposición y pasó al otro lado del escenario, empezó a organizar producciones, a manejar la prensa, a representar a diferentes artistas. Actualmente es la directora artística del Centro Cultural Zama, un novedoso espacio de literatura, teatro, música y cine que ideó junto al cineasta Nicolás Sarquís. Estudió todas las disciplinas con las que se entusiasmó: muchas. En el medio, también escribió. Pavadas, cosas que le llamaban la atención. Y, sistemáticamente, rompió lo que escribió. Nada llegaba a ser digno de la obra de una escritora.

Un día conoció a Luis. Se enamoró hasta los huesos. Y por él, dice como lo más natural del mundo, dejó todo. Todo. Quiso darle lo que ella era y más, y por todo el tiempo que a él le quedara de vida. Fue lo mejor que le pasó.



María y Luis
Estaba claro que Luis Cardei era un tipo de otro palo, por completo. Bastaba ver su porte sobre el escenario, de riguroso traje y moñito. Muchos dicen que Cardei fue el último cantor de tangos. El último que le que cantó a Buenos Aires y a sus barrios sabiendo cabalmente de qué estaban hablando las letras que interpretaba. Quizás sea verdad. Fue conocido a destiempo por el gran público: no fueron los viejos tangueros los que lo “descubrieron” en la cantina de San Cristóbal donde cantaba junto a su bandoneonista de siempre, Antonio Pisano, sino cierto público progre de oído atento, que escuchó por primera vez muchos tangos olvidados a través del estilo delicado, sin estridencias, de Cardei. De allí en más, fue cuestión de poco tiempo su paso al Foro Gandhi y al Club del Vino, la grabación de cuatro discos después de casi cuarenta años de carrera, y hasta un papel en la película “La nube” de Pino Solanas, donde interpretó a “Tío Lucas”, un jubilado enfermo y un poco loco.

María Maratea lo conoció cuando ya cantaba en Gandhi. Vivieron juntos cinco años, hasta que él murió víctima de un coma hepático, producto de la hemofilia que arrastraba desde su nacimiento. Pobrecitos los que quieran venir después, piensa María ahora. No es por comparar. Pero a veces cree que ya no es capaz de enamorarse de nuevo. Luis y María siempre decían que tenían que escribir un libro. Cuando él murió, María volvió a sentir la intuición que la acompañó desde los seis años. Cayó en la cuenta: “ahora soy aquella vieja, este es el momento”. Enseguida llamó a Abelardo Castillo. Y él le recomendó anotarse en un taller con otro, escritor Guillermo Saccomano. Ella tenía la urgencia de contar quién había sido Luis Cardei. Pero no podía dejar de llorar. Y no podía escribir. Estaba totalmente bloqueada. Al principio pensó que era una tarea imposible. En el taller empezó a leer Coloquio en Sicilia, de Elio Vittorini, en italiano. “¿No te animás a traducirlo?”, le ofreció Saccomano. Y ese ejercicio de búsqueda, cuenta María, le abrió la cabeza. Empezó a escribir. Con urgencia. “Hoy me doy cuenta de que si no tenés esa urgencia es muy difícil escribir. Porque yo no quería ver el libro terminado, quería contar una historia. Para escribir hay que tener la urgencia de contar”, sabe ahora.


Luis

Cardei, el primer libro de María Maratea, es la biografía del cantor de tangos, y también una gran historia de amor. El libro, editado por Galerna, comienza el día que la autora conoce al cantor, y termina cinco años después, el 18 de junio de 2000, en la habitación de la Fundación de la Hemofilia en la que murió Cardei. María retrata a un tipo apasionado, modesto y de eterno buen humor, un agradecido a la vida, un hombre enamorado y un gran contador de historias. Los múltiples amores y celos del cantor, el cariño de sus amigos, los padecimientos que le acarreaba la hemofilia con la que nació, el sida que contrajo en una transfusión, su adicción a la heroína que lo salvaba de los dolores, su paso por el Borda para curarse de esa adicción, aparecen relatados en el libro de manera despojada, sin palabras de más. Como dice el escritor Luis Gusmán en el prólogo: “La biografía es dura porque duro fue el final de Cardei. Finalmente murió como muchos de los grandes cantores; ‘que la voz, que la plata, que el alcohol’. En la flor de la edad.”

En un pasaje, María recuerda que Cardei decía que no podía interpretar a Discépolo, porque el autor era un desencantado. “¿Cómo hago para decir ‘cuando estén secas las pilas de todos los timbres que vos apretás’, si cada vez que voy a la casa de mis amigos me están esperando en la puerta?”, cuenta que explicaba el cantor, con sonrisa grande. Hay otros pasajes -dice María- que hubiera preferido omitir, pero fueron necesarios para retratar fielmente a Cardei. “No hubiera querido contar que él tenía varias amantes, por ejemplo, por su familia”, explica la escritora. “Pero tenía que decir que yo conocí a un hombre de 50 años, hemofílico, con un sufrimiento desde que nació, con una enfermedad que se contagió por la vía que a su vez lo salva de la otra enfermedad... Etcétera, etcétera. Y en lugar de dedicarse a compadecerse, el tipo decide vivir cada minuto como si fuera el último. Da vuelta toda su realidad, y se inventa a sí mismo. Quise mostrar por qué Cardei fue para mí el último guapo”.

María explica que guapo es el que enfrenta la vida y la muerte como la enfrentó este hombre. Que eso es hombría, valor, coraje. Que Cardei no le tenía miedo a la muerte, porque no le tenía miedo a la vida. Y que conocerlo fue un aprendizaje profundo: “Yo tenía un pensamiento que me torturaba, pensaba qué iba a hacer cuando se muriera Luis. Sufría muchísimo. Hasta que aprendí que, en todo caso, podía morirme yo también. Esa seguridad no me la quita nadie”.



Recuadro

Así comienza Cardei, de María Maratea


“Me pareció que tenía un defecto físico. Estaba sentado, con un vaso de whisky en una mano y un cigarrillo en la otra. Ese jueves, el bar de la librería Gandhi estaba lleno. Escritores, cineastas, actores, un público que iba llegando apurado como para asistir a una misa. Todos calladitos, inquietos, ansiosos por escuchar a ese cantor de tangos. A ese cantor de culto.

Hacía ya tiempo que Elvio Vitali, el dueño de Gandhi, me decía que no podía perderme a ese tipo que había descubierto en una cantina del barrio de San Cristóbal. Que lo había llevado a cantar ahí y le había hecho grabar un disco. Que yo tenía que hacerle un poco de prensa y representarlo. Porque era bárbaro. Porque era diferente. Un día fui. Allí estaba, sentado, con un vaso de whisky en una mano y un cigarrillo en la otra.

- Hola, piba. Vení, sentáte. ¿Qué querés tomar? ¿Querés un whisky?

- No, gracias. Un café está bien.

- ¿Qué es lo que hacés?

- Prensa.

- ¿Sos periodista?

- No. Soy agente de prensa. El nexo entre el artista y el medio.

- ¿Y te gusta hacer eso?

- Sí, me gusta.

- O sea que conseguís notas en los diarios.

- Claro.

- No tendría que ser así.

- ¿Por qué?

- Porque las notas tendrían que ser sentidas. De verdad. No porque alguien las pida. Así no vale –dijo, mientras colocaba el cigarrillo en la boquilla negra.

Era muy bajito. Tenía la espalda cargada, el cuello corto, y cuando giraba la cabeza lo hacía con todo el cuerpo. Las manos hinchadas, no se le notaban las venas. Sus dedos largos, delicados y sus uñas impecables, con brillo, le daban un aspecto de prolijidad. El pelo entrecano. La piel morena. La boca grande con labios bien delineados y gruesos mojados constantemente por la lengua. Tendría unos cincuenta años.

- ¿Siempre te dedicaste a esto?

- Hace un par de años. Además hago máscaras, esculturas y teatro.

- ¿Sos actriz?

- Sí. Estoy ensayando una obra con la que me voy a ir a Cuba.

- Lindo ambiente el del teatro.

- No creo que sea peor que el del tango.

- ¿Y nunca hiciste un curso de cocina?

- ¿Un qué?

- Digo, si nunca se te dio por dedicarte a la cocina.

- No, ¿por qué?

- Y, las mujercitas tienen que aprender a cocinar, no a actuar, a hacer escultura, a ser periodistas.”



(*) Periodista de Página/12 publicada en la Revista de Cultura El Necio- Noviembre 2002)



Revista de Cultura El Necio

19951222

El show de Merpin

Teatro 1993/1994/1995

El show de Merpin-
prensa y producción
Liberarte-Av.Corrientes 1555- caba 



El Mago Merpin- Con la participación especial de la actriz Liz Balut

 




Clarín- 22 de diciembre de 1995